viernes, 19 de enero de 2018

Manifiesto de Benito Juárez al establecer el gobierno de la República en Guanajuato ( 19 de enero de 1858)


MANIFIESTO

Mexicanos:

El gobierno constitucional de la república, cuya marcha fue interrumpida por la defección del que fue depositario del poder supremo, queda restablecido. La carta fundamental del país ha recibido una nueva sanción, tan explícita y elocuente, que sólo podrán desconocerla los que voluntariamente quieran cerrar los ojos a la evidencia de los hechos. Los hombres, que de buena o mala fe repugnaban aceptar las reformas sociales que aquel código establece para honor de México y para el bien procomunal, han apurado todos sus esfuerzos a fin de destruirlo. Han promovido motines a mano armada, poniendo en peligro la unidad nacional y la independencia de la república. Han invocado el nombre sagrado de nuestra religión, haciéndola servir de instrumento a sus ambiciones ilegítimas y queriendo aniquilar de un solo golpe la libertad que los mexicanos han conquistado a costa de todo género de sacrificios, se han servido hasta de los mismos elementos de poder que la nación depositara para la conservación y defensa de sus derechos en manos del jefe, a quien había honrado con su ilimitada confianza. Sin embargo, tan poderosos como han sido esos elementos, han venido a estrellarse ante la voluntad nacional, y sólo han servido para dar a sus promovedores el más cruel de los desengaños y para establecer la verdad práctica de que de hoy en adelante los destinos de los mexicanos no dependerán ya del arbitrio de un hombre sólo, ni de la voluntad caprichosa de las facciones, cualquiera que sean los antecedentes de los que las forman.

La voluntad general expresada en la Constitución y en las leyes que la nación se ha dado por medio de sus legítimos representantes, es la única regla a que deben sujetarse los mexicanos para labrar su felicidad, a la sombra benéfica de la paz. Consecuente con este principio, que ha sido la norma de mis operaciones, y obedeciendo al llamamiento de la nación, he reasumido el mando supremo luego que he tenido libertad para verificarlo. Llamado a este difícil puesto por un precepto constitucional y no por el favor de las facciones, procuraré en el corto período de mi administración, que el movimiento militar verificado en Tacubaya el 17 del pasado diciembre, su primera y más sagrada obligación es acatar la voluntad nacional y prestar obediencia a la autoridad que de ella emana. La sangre mexicana derramada inútilmente en combates fratricidas, sólo ha producido amargos frutos para la patria; mas amargos aún deberá darlos una rebelión en que no se sostiene ningún principio y que, en último resultado, se encamina a proteger intereses personales que la nación está muy lejos de aceptar.

Los mexicanos que en algo estimen el bien de su país, y que ven a la república alzarse para reclamar el orden legal, porque colocada en él se prometía su paz y su prosperidad, no pueden, sin faltar a su propio deber, tomar parte en las sediciones que desgarran el seno de la patria y que le alejan toda esperanza de progreso, su excelencia [S. E.] el Presidente espera fundadamente que los hombres que han cometido un error, tal vez emanado de sanas intenciones, vuelvan sobre sí, y pesando las funestas consecuencias de su obstinación, depongan la actitud hostil que aún guarden y obsequien sin dificultad la voluntad pública. En caso de que esta esperanza quede burlada, porque todavía se quiera escuchar el grito de las pasiones, S. E., está firmemente decidido a reprimir los excesos; aunque le sea preciso combatir los sentimientos generosos que lo animan, llenará con toda clase de sacrificios el sagrado deber de consolidar la paz, restablecer el orden legal y la buena administración pública. Para tan importantes objetos, el excelentísimo señor Presidente se promete de vuestra excelencia, la más eficaz y activa cooperación, encargándole, además, que se sirva darle la publicidad conveniente a esta circular, para que su contenido llegue a noticia de los habitantes de ese estado.

Disfruto la satisfacción de protestar a V. E. las atentas consideraciones de mi particular aprecio.

Dios y Libertad. Guanajuato, enero 19 de 1858

(Manuel) Ruiz

Es copia. México, abril 30 de 1861



Fuente: "Benito Juárez. Documentos, discursos y correspondencia" - Jorge L. Tamayo

martes, 24 de mayo de 2016

El Pueblo que Desafió a un Imperio

Texto tomado del libro "Apuntes del Teruño", escrito por Don Milton Flores Moreno.

Mixquiahuala.- El Pueblo que Desafió a un Imperio.

Este bello rincón del Estado de Hidalgo, llamado Mixquiahuala de Juárez, cuyo significado en lengua náhuatl es: "Lugar circundado de Mezquites", y que lleva el apelativo del ilustre patricio Licenciado Don Benito Juárez como reconocimiento a que luchó con gran espíritu de sacrifio por legarnos una patria libre y generosa, tuvo oportunidad de patentizar su lealtad a la causa liberal con un conmovedor acto heróico.

Surgen los antecedentes al concluir la sangrienta lucha fraticida conocida como la guerra de tres años.
Es otra calamida que empeña ominiosamente la vida de México; un grupo minoritario integrado por traidores, no queriendo perder sus privilegios, se trasladó a Europa para manifestar a Napoleón III su deseo de que nombrara a un príncipe para que nos viniera a gobernar.

Estos acontecimientos se desarrollaban allá por 1863 cuando el grupillo de apátriadas monárquicos, después de un largo viaje llegaba a Miramar encabezado por José María Gutiérrez de Estrada, quien soñaba que la felicidad de nuestra nación se alcanzaría al quedar bajo la tutela de un príncipe rubio de ojos azules.

En efecto, el 10 de abril de ese año, la comisión de malinchistas compuesta por: José María Gutiérrez EStrada, Joaquín Velázquez de León, Juárez Peredo, Ignacio Aguilar y Marocho, José Hidalgo, Francisco Javier Miranda, Tomás Murphy, Antonio Escandón, Adrián Wool, Angel Iglesias Facio y José María Landa y Arrongoiz, llegó a Miramar para ofrecer a Maximiliano de Habsburgo el trono de México siempre que fuera aprobado por su Majestad Napelón III. Aunque esta farsa ya había sido arreglada por Aguilar y Marocho en el Palacio de las Tullerías, en donde Gutiérrez de Estrada, en elsaón de recepciones hizo uso de la palabra; dando tres pasos al frente y con ramplona solemnidad dijo:

     "México con filial confianza, pone en vuestras manos el poder soberano y constituyente que debe regular sus futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiéndose en este momento de solemne alianza, un amor sin límites y una fidelidad inalterable".

A continuación, Maximiliano, dando contestación a dicho ofrecimiento prestó el juramento de rigo, de la siguiente manera:

     "Yo, Fernando Maximiliano, Emperador de México, juro a Dios por los Santos Evangelios, procurar por todos los medios a mi alcance, el bienestar de la Nación y defender su Independencia, conservando la integridad de su territorio".

Al realizarse la invasión, bajo consigna terminante, a donde quiera que llegaban los franceses, de inmediato convocaban a juntas para que expresaran su deseo de llamar a Maximiliano. De ese modo se reunió un buen número de actas que desde luego, no podían ser el signo de la voluntad nacional, porque no las firmaron todos, ni la mayoría de los pueblos de la República, gran parte de la cual estaba en manos de los liberales y no eran levantadas con voluntad, sino bajo la fuerza de las ballonetas francesas.

A este episodio se refiere la actitud asumida por los ciudadanos mixquiahualenses, cuyo relato es el siguiente:

Frente al costado poniente de la plaza principal de Mixquiahuala de Juárez, Hidalgo; existía una vieja construcción ubicada en la contraesquina del atrio de la parroquia. Era de las construcciones más antiguas de la población; ocupaba casi media manzana, por lo cual tenía vista a la plaza principal, a la plazuela Hidalgo y a la calle de Ponciano Arriaga. Los que la conocieron nunca supieron quien la construyó, aunque había indicios de que ya existía antes de imperio de Maximiliano. Se dice que fue habitada por una familia cuyos últimos descendientes fueron unas damas de apellido Aguirre, lo que originó que se le conociera por "LA CASA DE LAS AGUIRRE".

En esaépoca en dicha casa había un local comercial con tres puertas que daban hacia la plza principal y otra a la plazuela Hidalgo. Entre las tres puertas citadas había unos "poyitos" en donde descansaban los viandantes. La puerta más cercana ala esquina de la plaza principal, tenía una hoja cubierta totalmente de lámina metálica, muy bien acoplada, que guardaba simetría con la otra hoja que era de madera. La explicación es que la puerta fue recubierta debido a que una ocasión intentaron quemarla.

Este hecho ocurrió a consecuencia de haber llegado a México, Maximiliano, ya ungido como Emperador, precisamente el12 de junio del año de 1864, encaminado sus primeros pasos a consolidar su situación política interna y así poder obtener el reconocimiento de otros países.

Con este fin, el Emperador ordenó que todas las ciudades, pueblos, villas y demás centros de población, la firma de actas en donde dieran su adhesión al Imperio.

Para entonces, Mixquiahuala ya no tenía la categoría de Alcaldía Mayor que comprendia las poblaciones de Tepatepec, Santa María, Xochitlán, Huitezcalco, Tepeitic, una ex-República indígena llamada Tlaxcoapan, la hacienda de Tlahuelilpan y Atitalaquia, pues ya había pasado a ser parte del Distrito de Actopan. Las autoridades del Imperio sojuzgaban desde su comandancia


martes, 26 de abril de 2016

Benito antes de Juárez 2016

Reciban un cálido saludo y una muy atenta invitación con toda su familia a la nueva temporada de la obra:

Benito antes de Juárez, obra original de Edgar Chías


“Celebramos 8 años en cartelera”

Todos los domingos, a partir del 17 de abril y hasta el domingo 26 de junio.

1 y 15 de mayo sí habrá funciones.

Lugar: Sala Julián Carrillo de Radio UNAM (Adolfo Prieto #133, col. Del Valle. MetroBus Amores)

Horario: 18:00 hrs.
Entrada libre o donativo voluntario.
 
 

martes, 1 de marzo de 2016

Máscara mortuoria de Benito Juárez

Colección Museo de Historia Mexicana. Monterrey NL.
Benito Juárez García murió el 18 de julio de 1872 a consecuencia de una angina de pecho, según el diagnóstico de sus médicos. Tenía sesenta y seis años. Había sido presidente de la República por catorce años y seis meses, durante los cuales fue el máximo defensor de la Constitución de 1857, decretó las leyes de Reforma y ganó la llamada segunda Independencia de México. los testimonios periodísticos de su muerte demuestran que sus opositores reconocían tanto como sus copartidarios su apego al derecho y a sus principios.
El cadáver de Juárez fue embalsamado para sus honras fúnebres. Puede conjeturarse que durante el procedimiento realizado por los «facultativos» se tomó la mascarilla de yeso que más tarde se vacio en bronce por el proceso de la cera perdida. Existen dos o tres réplicas además de ésta, una de ellas en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec.
Contemplar esta máscara mortuoria produce el efecto de ver el rostro mismo, abotagado por la congestión sanguínea y con la piel flácida de quien ya no contraerá los músculos para emitir una palabra. Ninguna representación artística puede proveer esa sensación de contacto y pérdida de la efigie tomada del natural, preservada para nuestra memoria en la conciencia de que el hombre recién muerto ha dejado su huella en la historia:

El cañón ha seguido tronando de cuarto
en cuarto de hora, las armas a la funerala,
los edificios públicos enlutados, y el pueblo
acudiendo en masa a contemplar por la
postrera vez aquel cuerpo en que habitó un
alma tan grande y que hace pocos días se veía
aún lleno de vida, personificando el poder
de una gran República. Expuesto en el Salón
de Embajadores del Palacio Nacional a la
expectación pública, se halla el venerable
anciano sobre un suntuoso catafalco, grave el
rostro y sereno, imponente aún en su misma
inmóvil actitud, cual si las corrientes de la
vida circularan aún por aquellas arterias
en que tantas veces corrió la sangre con los
febriles impulsos del patriotismo.


Fuente: http://www.3museos.com/?pieza=mascara-mortuoria-de-benito-juarez

domingo, 19 de julio de 2015

Benito antes de Juárez

Obra de Teatro "Benito antes de Juárez", comienza temporada el lunes 3 de agosto.



domingo, 6 de octubre de 2013

Apuntes para mis hijos XVI

En este año entró al ministerio de Hacienda el señor don Miguel
Lerdo de Tejada que presentó al señor Comonfort la ley sobre
desamortización de los bienes que administraba el clero, y aunque esta
ley le dejaba el goce de los productos de dichos bienes, y sólo le quitaba
el trabajo de administrarlos, no se conformó con ella, resistió su
cumplimiento y trabajó en persuadir al pueblo que era herética y atacaba
la religión, lo que de pronto retrajo a muchos de los mismos liberales de
usar de los derechos que la misma ley les concedía para adquirir a censo
redimible los capitales que el clero se negaba a reconocer con las
condiciones que la autoridad le exigía.

Entonces creí de mi deber hacer cumplir la ley no sólo con
medidas del resorte de la autoridad sino con el ejemplo, para alentar a los
que por escrúpulo infundado se retraían de usar del beneficio que les
concedía la ley. Pedí la adjudicación de un capital de tres mil ochocientos
pesos, si mal no recuerdo, que reconocía una casa situada en la calle de
Coronel de la ciudad de Oaxaca. El deseo de hacer efectiva esta reforma
y no la mira de especular me guió para hacer esta operación. Había
capitales de mi consideración en que pude practicarla, pero no era éste mi
objeto.

En 1857 se publicó la Constitución política de la nación y desde
luego me apresuré a ponerla en práctica principalmente en lo relativo a la
organización del estado. Era mi opinión que los estados se constituyesen
sin pérdida de tiempo, porque temía que por algunos principios de
libertad y de progreso que se habían consignado en la Constitución
general estallase o formarse pronto un motín en la capital de la república
que disolviese a los poderes supremos de la nación; era conveniente que
los estados se encontrasen ya organizados para contrariarlo, destruirlo y
restablecer las autoridades legítimas que la Constitución había
establecido. La mayoría de los estados comprendió la necesidad de su
pronta organización y procedió a realizarla conforme a las bases fijadas
en la Carta fundamental de la república. Oaxaca dio su Constitución
particular, que puso en práctica desde luego, y mediante ella fui electo
gobernador constitucional por medio de elección directa que hicieron los
pueblos.

Era costumbre autorizada por ley en aquel estado, lo mismo que en
los demás de la república, que cuando tomaba posesión el gobernador,
éste concurría con todas las demás autoridades al Te Deum que se
cantaba en la Catedral, a cuya puerta principal salían a recibirlo los
canónigos, pero en esta vez ya el clero hacía una guerra abierta a la
autoridad civil, y muy especialmente a mí por la Ley de Administración
de Justicia que expedí en 23 de noviembre de 1855, y consideraba a los
gobernantes como herejes y excomulgados. Los canónigos de Oaxaca
aprovecharon el incidente de mi posesión para promover un escándalo.

Proyectaron cerrar las puertas de la iglesia para no recibirme, con la
siniestra mira de comprometerme a usar de la fuerza mandando abrir las
puertas con la policía armada y a aprehender a los canónigos, para que mi
administración se inaugurase con un acto de violencia o con un motín si
el pueblo, a quien debía presentarse los aprehendidos como mártires,
tomaba parte en su defensa. Los avisos repetidos que tuve de esta trama
que se urdía y el hecho de que la iglesia estaba cerrada, contra lo
acostumbrado en casos semejantes, siendo ya la hora de la asistencia, me
confirmaron la verdad de lo que pasaba. Aunque contaba yo con fuerzas
suficientes para hacerme respetar procediendo contra los sediciosos y la
ley aún vigente sobre ceremonial de posesión de los gobernadores me
autorizaban para obrar de esta manera, resolví, sin embargo, omitir la
asistencia al Te Deum, no por temor a los canónigos, sino por la
convicción que tenía de que los gobernantes de la sociedad civil no deben
asistir como tales a ninguna ceremonia eclesiástica, si bien como
hombres pueden ir a los templos a practicar los actos de devoción que su
religión les dicte.

Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque
siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados
tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían
fielmente este deber si fueran sectarios de alguna. Este suceso fue para
mí muy plausible para reformar la mala costumbre que había de que los
gobernantes asistiesen hasta a las procesiones y aun a las profesiones de
monjas, perdiendo el tiempo que debían emplear en trabajos útiles a la
sociedad. Además, consideré que no debiendo ejercer ninguna función
eclesiástica ni gobernar a nombre de la iglesia, sino del pueblo que me
había elegido, mi autoridad quedaba íntegra y perfecta con sólo la
protesta que hice ante los representantes del estado de cumplir fielmente
mi deber. De este modo evité el escándalo que se proyectó y desde
entonces cesó en Oaxaca la mala costumbre de que las autoridades civiles
asistiesen a las funciones eclesiásticas.

A propósito de malas costumbres,
había otras que sólo servían para satisfacer la vanidad y la ostentación de
los gobernantes, como la de tener guardias de fuerza armada en sus casas
y la de llevar en las funciones públicas sombreros de una forma especial.
Desde que tuve el carácter de gobernador abolí esta costumbre usando de
sombrero y traje del común de los ciudadanos y viviendo en mi casa sin
guardia de soldados y sin aparato de ninguna especie, porque tengo la
persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de
su recto proceder y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para
los reyes de teatro. Tengo el gusto de que los gobernantes de Oaxaca han
seguido mi ejemplo.

Benito Juárez