martes, 26 de abril de 2016

Benito antes de Juárez 2016

Reciban un cálido saludo y una muy atenta invitación con toda su familia a la nueva temporada de la obra:

Benito antes de Juárez, obra original de Edgar Chías


“Celebramos 8 años en cartelera”

Todos los domingos, a partir del 17 de abril y hasta el domingo 26 de junio.

1 y 15 de mayo sí habrá funciones.

Lugar: Sala Julián Carrillo de Radio UNAM (Adolfo Prieto #133, col. Del Valle. MetroBus Amores)

Horario: 18:00 hrs.
Entrada libre o donativo voluntario.
 
 

martes, 1 de marzo de 2016

Máscara mortuoria de Benito Juárez

Colección Museo de Historia Mexicana. Monterrey NL.
Benito Juárez García murió el 18 de julio de 1872 a consecuencia de una angina de pecho, según el diagnóstico de sus médicos. Tenía sesenta y seis años. Había sido presidente de la República por catorce años y seis meses, durante los cuales fue el máximo defensor de la Constitución de 1857, decretó las leyes de Reforma y ganó la llamada segunda Independencia de México. los testimonios periodísticos de su muerte demuestran que sus opositores reconocían tanto como sus copartidarios su apego al derecho y a sus principios.
El cadáver de Juárez fue embalsamado para sus honras fúnebres. Puede conjeturarse que durante el procedimiento realizado por los «facultativos» se tomó la mascarilla de yeso que más tarde se vacio en bronce por el proceso de la cera perdida. Existen dos o tres réplicas además de ésta, una de ellas en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec.
Contemplar esta máscara mortuoria produce el efecto de ver el rostro mismo, abotagado por la congestión sanguínea y con la piel flácida de quien ya no contraerá los músculos para emitir una palabra. Ninguna representación artística puede proveer esa sensación de contacto y pérdida de la efigie tomada del natural, preservada para nuestra memoria en la conciencia de que el hombre recién muerto ha dejado su huella en la historia:

El cañón ha seguido tronando de cuarto
en cuarto de hora, las armas a la funerala,
los edificios públicos enlutados, y el pueblo
acudiendo en masa a contemplar por la
postrera vez aquel cuerpo en que habitó un
alma tan grande y que hace pocos días se veía
aún lleno de vida, personificando el poder
de una gran República. Expuesto en el Salón
de Embajadores del Palacio Nacional a la
expectación pública, se halla el venerable
anciano sobre un suntuoso catafalco, grave el
rostro y sereno, imponente aún en su misma
inmóvil actitud, cual si las corrientes de la
vida circularan aún por aquellas arterias
en que tantas veces corrió la sangre con los
febriles impulsos del patriotismo.


Fuente: http://www.3museos.com/?pieza=mascara-mortuoria-de-benito-juarez

domingo, 19 de julio de 2015

Benito antes de Juárez

Obra de Teatro "Benito antes de Juárez", comienza temporada el lunes 3 de agosto.



domingo, 6 de octubre de 2013

Apuntes para mis hijos XVI

En este año entró al ministerio de Hacienda el señor don Miguel
Lerdo de Tejada que presentó al señor Comonfort la ley sobre
desamortización de los bienes que administraba el clero, y aunque esta
ley le dejaba el goce de los productos de dichos bienes, y sólo le quitaba
el trabajo de administrarlos, no se conformó con ella, resistió su
cumplimiento y trabajó en persuadir al pueblo que era herética y atacaba
la religión, lo que de pronto retrajo a muchos de los mismos liberales de
usar de los derechos que la misma ley les concedía para adquirir a censo
redimible los capitales que el clero se negaba a reconocer con las
condiciones que la autoridad le exigía.

Entonces creí de mi deber hacer cumplir la ley no sólo con
medidas del resorte de la autoridad sino con el ejemplo, para alentar a los
que por escrúpulo infundado se retraían de usar del beneficio que les
concedía la ley. Pedí la adjudicación de un capital de tres mil ochocientos
pesos, si mal no recuerdo, que reconocía una casa situada en la calle de
Coronel de la ciudad de Oaxaca. El deseo de hacer efectiva esta reforma
y no la mira de especular me guió para hacer esta operación. Había
capitales de mi consideración en que pude practicarla, pero no era éste mi
objeto.

En 1857 se publicó la Constitución política de la nación y desde
luego me apresuré a ponerla en práctica principalmente en lo relativo a la
organización del estado. Era mi opinión que los estados se constituyesen
sin pérdida de tiempo, porque temía que por algunos principios de
libertad y de progreso que se habían consignado en la Constitución
general estallase o formarse pronto un motín en la capital de la república
que disolviese a los poderes supremos de la nación; era conveniente que
los estados se encontrasen ya organizados para contrariarlo, destruirlo y
restablecer las autoridades legítimas que la Constitución había
establecido. La mayoría de los estados comprendió la necesidad de su
pronta organización y procedió a realizarla conforme a las bases fijadas
en la Carta fundamental de la república. Oaxaca dio su Constitución
particular, que puso en práctica desde luego, y mediante ella fui electo
gobernador constitucional por medio de elección directa que hicieron los
pueblos.

Era costumbre autorizada por ley en aquel estado, lo mismo que en
los demás de la república, que cuando tomaba posesión el gobernador,
éste concurría con todas las demás autoridades al Te Deum que se
cantaba en la Catedral, a cuya puerta principal salían a recibirlo los
canónigos, pero en esta vez ya el clero hacía una guerra abierta a la
autoridad civil, y muy especialmente a mí por la Ley de Administración
de Justicia que expedí en 23 de noviembre de 1855, y consideraba a los
gobernantes como herejes y excomulgados. Los canónigos de Oaxaca
aprovecharon el incidente de mi posesión para promover un escándalo.

Proyectaron cerrar las puertas de la iglesia para no recibirme, con la
siniestra mira de comprometerme a usar de la fuerza mandando abrir las
puertas con la policía armada y a aprehender a los canónigos, para que mi
administración se inaugurase con un acto de violencia o con un motín si
el pueblo, a quien debía presentarse los aprehendidos como mártires,
tomaba parte en su defensa. Los avisos repetidos que tuve de esta trama
que se urdía y el hecho de que la iglesia estaba cerrada, contra lo
acostumbrado en casos semejantes, siendo ya la hora de la asistencia, me
confirmaron la verdad de lo que pasaba. Aunque contaba yo con fuerzas
suficientes para hacerme respetar procediendo contra los sediciosos y la
ley aún vigente sobre ceremonial de posesión de los gobernadores me
autorizaban para obrar de esta manera, resolví, sin embargo, omitir la
asistencia al Te Deum, no por temor a los canónigos, sino por la
convicción que tenía de que los gobernantes de la sociedad civil no deben
asistir como tales a ninguna ceremonia eclesiástica, si bien como
hombres pueden ir a los templos a practicar los actos de devoción que su
religión les dicte.

Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque
siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados
tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían
fielmente este deber si fueran sectarios de alguna. Este suceso fue para
mí muy plausible para reformar la mala costumbre que había de que los
gobernantes asistiesen hasta a las procesiones y aun a las profesiones de
monjas, perdiendo el tiempo que debían emplear en trabajos útiles a la
sociedad. Además, consideré que no debiendo ejercer ninguna función
eclesiástica ni gobernar a nombre de la iglesia, sino del pueblo que me
había elegido, mi autoridad quedaba íntegra y perfecta con sólo la
protesta que hice ante los representantes del estado de cumplir fielmente
mi deber. De este modo evité el escándalo que se proyectó y desde
entonces cesó en Oaxaca la mala costumbre de que las autoridades civiles
asistiesen a las funciones eclesiásticas.

A propósito de malas costumbres,
había otras que sólo servían para satisfacer la vanidad y la ostentación de
los gobernantes, como la de tener guardias de fuerza armada en sus casas
y la de llevar en las funciones públicas sombreros de una forma especial.
Desde que tuve el carácter de gobernador abolí esta costumbre usando de
sombrero y traje del común de los ciudadanos y viviendo en mi casa sin
guardia de soldados y sin aparato de ninguna especie, porque tengo la
persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de
su recto proceder y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para
los reyes de teatro. Tengo el gusto de que los gobernantes de Oaxaca han
seguido mi ejemplo.

Benito Juárez



domingo, 11 de agosto de 2013

Apuntes para mis hijos XV

La nueva administración en vista de la aceptación general que tuvo
la ley del 23 de noviembre (1855) se vio en la necesidad de sostenerla y llevarla
a efecto. Se me invitó para que siguiera prestando mis servicios yendo a
Oaxaca a restablecer el orden legal subvertido por las autoridades y
guarnición que habían servido en la administración del general Santa
Anna, que para falsear la revolución habían secundado el plan del general
Carrera y que por último se habían pronunciado contra la Ley sobre
Administración de Justicia que yo había publicado. Tanto por el interés
que yo tenía en la subsistencia de esta ley como porque una autoridad
legítima me llamaba a su servicio, acepté sin vacilación el encargo que se
me daba y a fines de diciembre salí de México con una corta fuerza que
se puso a mis órdenes. Al tocar los límites del estado los disidentes
depusieron toda actitud hostil, ofreciendo reconocer mi autoridad.

El día 10 de enero de 1856 llegué a la capital de Oaxaca y desde
luego me encargué del mando que el general don José María García me
entregó sin resistencia de ninguna clase.

Comencé mi administración levantando y organizando la guardia
nacional y disolviendo la tropa permanente que ahí había quedado porque
aquella clase de fuerza, viciada con los repetidos motines en que jefes
ambiciosos y desmoralizados, como el general Santa Anna, la habían
obligado a tomar parte, no daba ninguna garantía de estricta obediencia a
la autoridad y a la ley y su existencia era una constante amenaza a la
libertad y al orden público. Me propuse conservar la paz del estado con
sólo mi autoridad de gobernador para presentar una prueba de bulto de
que no eran necesarias las comandancias generales cuya extinción había
solicitado el estado años atrás, porque la experiencia había demostrado
que eran no sólo inútiles sino perjudiciales. En efecto, un comandante
general con el mando exclusivo de la fuerza armada e independiente de la
autoridad local, era una entidad que nulificaba completamente la
soberanía del estado, porque a los gobernadores no les era posible tener
una fuerza suficiente para hacer cumplir sus resoluciones.

Eran llamados gobernadores de estados libres, soberanos e independientes; tenían sólo
el nombre, siendo en realidad unos pupilos de los comandantes generales.
Esta organización viciosa de la administración pública fue una de las
causas de los motines militares que con tanta frecuencia se repitieron
durante el imperio de la Constitución de 1824.

Sin embargo, como existían aún las leyes que sancionaban
semejante institución y el gobierno del señor Comonfort a pesar de la
facultad que le daba la revolución no se atrevía a derogarlas, dispuso que
en el estado de Oaxaca continuaran y que yo como gobernador me
encargase también de la comandancia general, que acepté sólo porque no
fuese otro jefe a complicar la situación con sus exigencias, pues tenía la
conciencia de que el gobierno del estado, o sea la autoridad civil, podía
despachar y dirigir este ramo como cualesquiera otros de la
administración pública; pero cuidé de recomendar muy especialmente a
los diputados por el estado al Congreso constituyente, que trabajaran con
particular empeño para que en la nueva Constitución de la república
quedasen extinguidas las comandancias generales.

Como en esta época no se había dado todavía la nueva
Constitución, el gobierno del señor Comonfort, conforme al Plan de
Ayutla, ejercía un poder central y omnímodo que toleraban apenas los
pueblos por la esperanza que tenían de que la representación nacional les
devolvería pronto su soberanía por medio de una Constitución basada
sobre los principios democráticos que la última revolución había
proclamado. El espíritu de libertad que reinaba entonces y que se avivaba
con el recuerdo de la opresión reciente del despotismo de Santa Anna,
hacía sumamente difícil la situación del gobierno para cimentar el orden
público porque necesitaba usar de suma prudencia en sus disposiciones
para reprimir las tentativas de los descontentos, sin herir la
susceptibilidad de los estados con medidas que atacasen o restringiesen
demasiado su libertad.

Sin embargo, el señor Comonfort expidió un
Estatuto Orgánico que centralizaba de tal modo la administración pública
que sometía al cuidado inmediato del poder general hasta los ramos de
simple policía de las municipalidades. Esto causó una alarma general en
los estados.

Las autoridades de Oaxaca representaron contra aquella
medida pidiendo que se suspendiesen sus efectos. No se dio una
resolución categórica a la exposición, pero de hecho no rigió en el estado
el Estatuto que se le quería imponer y el gobierno tuvo la prudencia de no
insistir en su cumplimiento.


domingo, 16 de junio de 2013

Apuntes para mis hijos XIV

Triunfante la revolución (La Revolución de Ayutla), era preciso hacer
efectivas las promesas reformando las leyes que consagraban los abusos
del poder despótico que acababa de desaparecer (el gobierno de Santa Anna).

Las leyes anteriores sobre administración de justicia adolecían de ese
defecto, porque establecían tribunales especiales
para las clases privilegiadas haciendo permanente en la sociedad la
desigualdad que ofendía la justicia, manteniendo en constante agitación
al cuerpo social. No sólo en este ramo, sino en todos los que formaban la
administración pública debía ponerse la mano porque la revolución era
social. Se necesitaba un trabajo más extenso para que la obra saliese
perfecta en lo posible y para ello era indispensable proponer, discutir y
acordar en el seno del gabinete un plan general, lo que no era posible
porque desde la separación del señor Ocampo estaba incompleto el
gabinete y el señor Comonfort, a quien se consideraba como jefe de él,
no estaba conforme con las tendencias y fines de la revolución. Además,
la administración del señor Álvarez era combatida tenazmente
poniéndosele obstáculos de toda especie para desconceptuarla y obligar a
su jefe a abandonar el poder.

Era, pues, muy difícil hacer algo útil en semejantes circunstancias y ésta
es la causa de que las reformas que consigné en la ley de justicia fueran
incompletas, limitándome sólo a extinguir el fuero eclesiástico en el
ramo civil y dejándolo subsistente en materia criminal, a reserva de
dictar más adelante la medida conveniente sobre este particular.

A los militares sólo se les dejó el fuero en los delitos y faltas puramente militares.

Extinguí igualmente todos los demás tribunales especiales, devolviendo
a los comunes el conocimiento de los negocios de que aquellos estaban
encargados.

Concluido mi proyecto de ley, en cuyo trabajo me auxiliaron los
jóvenes oaxaqueños licenciados Manuel Dublán y don Ignacio Mariscal,
lo presenté al señor presidente don Juan Álvarez, que le dio su
aprobación y mandó que se publicara como Ley General sobre
Administración de Justicia. Autorizada por mí se publicó en 23 de
noviembre de 1855.

Imperfecta como era esta ley, se recibió con grande entusiasmo por
el partido progresista; fue la chispa que produjo el incendio de la reforma
que más adelante consumió el carcomido edificio de los abusos y
preocupaciones; fue, en fin, el cartel de desafío que se arrojó a las clases
privilegiadas y que el general Comonfort y todos los demás, que por falta
de convicciones en los principios de la revolución, o por conveniencias
personales, querían detener el curso de aquella transigiendo con las
exigencias del pasado, fueron obligados a sostener arrastrados a su pesar
por el brazo omnipotente de la opinión pública.

Sin embargo, los privilegiados redoblaron sus trabajos para separar
del mando al general Álvarez con la esperanza de que don Ignacio
Comonfort los ampararía en sus pretensiones. Lograron atraerse a don
Manuel Doblado que se pronunció en Guanajuato por el antiguo plan de
Religión y Fueros. Los moderados, en vez de unirse al gobierno para
destruir al nuevo cabecilla de los retrógrados, le hicieron entender al
señor Álvarez que él era la causa de aquel motín porque la opinión
pública lo rechazaba como gobernante, y como el ministro de la Guerra
que debería haber sido su principal apoyo le hablaba también en ese
sentido, tomó la patriótica resolución de entregar el mando al citado don
Ignacio Comonfort en clase de sustituto, no obstante de que contaba aún
con una fuerte división con qué sostenerse en el poder; pero el señor
Álvarez [era] patriota sincero y desinteresado y no quiso que por su causa
se encendiese otra vez la guerra civil en su patria.

Luego que terminó la administración del señor Álvarez con la
separación de este jefe y con la renuncia de los que éramos sus ministros,
el nuevo presidente organizó su gabinete, nombrando para sus ministros,
como era natural a personas del círculo moderado.

En honor de la verdad y de la justicia, debe decirse que en este
círculo había no pocos hombres que sólo por sus simpatías al
general Comonfort, o porque creían de buena fe que este jefe era capaz
de hacer el bien a su país, estaban unidos a él y eran calificados como
moderados, pero en realidad eran partidarios decididos de la
revolución progresista, de lo que han dado pruebas
irrefragables después defendiendo con inteligencia y valor los principios
más avanzados del progreso y de la libertad; así como también había
muchos que aparecían en el partido liberal como los más acérrimos
defensores de los principios de la revolución, pero que después han
cometido las más vergonzosas defecciones pasándose a las filas de los
retrógrados y de los traidores a la patria. Es que unos y otros estaban mal
definidos y se habían equivocado en la elección de sus puestos.

"Apuntes para mis Hijos" Tomo 1 Capitulo 1.


Don Ignacio Comonfort