domingo, 10 de febrero de 2013

Apuntes para mis hijos X

En el año de 1845, en Oaxaca fue secundado el movimiento contra 
Paredes por el general don Juan Bautista Díaz; se nombró una 
junta legislativa y un poder ejecutivo compuesto de tres personas 
que fueron nombradas por una junta de notables. 

La elección recayó en don Luis Fernández del Campo, 
don José Simeón Arteaga y en mí (Benito Juárez), y entramos  
desde luego a desempeñar este encargo con que se nos honró. 
Dada cuenta al gobierno general de este arreglo, resolvió que cesase 
la junta legislativa y que sólo don José Simeón Arteaga quedara encargado 
del poder ejecutivo del estado. 

Yo debí volver a la fiscalía del tribunal, que era mi puesto legal,
pero el gobernador Arteaga lo disolvió para reorganizarlo con otras
personas, y en consecuencia procedió a su renovación nombrándome
presidente o regente como entonces se llamaba al que presidía el tribunal
de justicia del estado.

El gobierno general convocó a la nación para que eligiese sus
representantes con amplios poderes para reformar la Constitución de
1824 y yo fui uno de los nombrados por Oaxaca, habiendo marchado
para la capital de la república a desempeñar mi nuevo encargo a
principios de diciembre del mismo año de 1846. En esta vez estaba ya
invadida la república por fuerzas de los Estados Unidos del Norte. El
gobierno carecía de fondos suficientes para hacer la defensa y era preciso
que el Congreso le facilitara los medios de adquirirlos. El diputado por
Oaxaca don Tiburcio Cañas hizo iniciativa para que se facultara al
gobierno para hipotecar parte de los bienes que administraba el clero a
fin de facilitarse recursos para la guerra. La proposición fue admitida y
pasada a una comisión especial, a que yo pertenecí, con recomendación
de que fuese despachada de preferencia. 

En 10 de enero de 1847 se presentó el dictamen respectivo consultándose 
la adopción de la medida que se puso inmediatamente a discusión. 
El debate fue sumamente largo y acalorado; porque el partido moderado, 
que contaba en la cámara con una grande mayoría, hizo una fuerte 
oposición al proyecto. A las dos de la mañana del día 11 se aprobó sin 
embargo el dictamen en lo general; pero al discutirse en lo particular la 
oposición estuvo presentando multitud de adiciones a cada uno de sus 
artículos con la mira antipatriótica de que aun cuando saliese aprobado 
el decreto tuviese tantas trabas que no diese el resultado que el Congreso 
se proponía. A las diez de la mañana terminó la discusión con la aprobación 
de la ley, que por las razones expresadas no salió con la amplitud que se deseaba.

Desde entonces el clero, los moderados y los conservadores redoblaron sus 
trabajos para destruir la ley y para quitar de la presidencia
de la república a don Valentín Gómez Farías, a quien consideraban como
jefe del partido liberal. En pocos días lograron realizar sus deseos
sublevando una parte de la guarnición de la [ciudad] en los momentos en
que nuestras tropas se batían en defensa de la independencia nacional en
la frontera del norte y en la plaza de Veracruz. Este motín que se llamó
de los "polkos", fue visto con indignación por la mayoría de la república,
y considerando los sediciosos que no era posible el buen éxito de su plan
por medio de las armas recurrieron a la seducción y lograron atraerse al
general Santa Anna, que se hallaba a la cabeza del ejército que fue a batir
al enemigo en La Angostura y a quien el partido liberal acababa de
nombrar presidente de la república contra los votos del partido moderado
y conservador; pero Santa Anna, inconsecuente como siempre, abandonó
a los suyos y vino a México violentamente a dar el triunfo a los rebeldes.

Los pronunciados fueron a recibir a su protector a la villa de Guadalupe,
llevando sus pechos adornados con escapularios y reliquias de santos
como "defensores de la religión y de los fueros". Don Valentín Gómez
Farías fue destituido de la vicepresidencia de la república y los diputados
liberales fueron hostilizados, negándoseles la retribución que la ley les
concedía para poder subsistir en la capital. Los diputados por Oaxaca no
podíamos recibir ningún auxilio de nuestro estado porque habiéndose
secundado en él el pronunciamiento de los "polkos", fueron destruidas las
autoridades legítimas y sustituidas por las que pusieron los sublevados, y
como de hecho el Congreso ya no tenía sesiones por falta de número,
resolví volver a mi casa para dedicarme al ejercicio de mi profesión.


"Apuntes para mis hijos"  Tomo I,  capítulo 1.

sábado, 2 de febrero de 2013

Apuntes para mis hijos IX


Estos golpes que sufrí y que veía sufrir casi diariamente a todos los
desvalidos que se quejaban contra las arbitrariedades de las clases
privilegiadas en consorcio con la autoridad civil, me demostraron de
bulto que la sociedad jamás sería feliz con la existencia de aquellas y de
su alianza con los poderes públicos y me afirmaron en mi propósito de
trabajar constantemente para destruir el poder funesto de las clases
privilegiadas.

Así lo hice en la parte que pude y así lo haría el partido
liberal; pero por desgracia de la humanidad el remedio que entonces se
procuraba aplicar ni curaba el mal de raíz, pues aunque repetidas veces se
lograba derrocar la administración retrógrada reemplazándola con otra
liberal, el cambio era sólo de personas y quedaban subsistentes en las
leyes y en las constituciones los fueros eclesiásticos y militar, la
intolerancia religiosa, la religión de Estado y la posesión en que estaba el
clero de cuantiosos bienes de que abusaba fomentando los motines para
cimentar su funesto poderío.

Así fue que apenas se establecía una administración liberal cuando
a los pocos meses era derrocada y perseguidos sus partidarios.

Desde el año de 1839 hasta el de 40 estuve dedicado
exclusivamente al ejercicio de mi profesión. En el año de 1841 la Corte
de Justicia me nombró juez de primera instancia del ramo civil y de
hacienda de la capital del estado.

En 31 de julio de 1843 me casé con doña Margarita Maza, hija de
don Antonio Maza y de doña Petra Parada.

En 1844, el gobernador del estado, general don Antonio León, me
nombró secretario del despacho del gobierno y a la vez fui electo vocal
suplente de la asamblea departamental. A los pocos meses se procedía a
la renovación de los magistrados del tribunal superior del estado, llamado
entonces departamento porque regía la forma central en la nación, y fui
nombrado fiscal segundo del mismo.

En el año de 1845 se hicieron elecciones de diputados a la
asamblea departamental y yo aparecí como uno de tantos candidatos que
se proponían en el público. Los electores se fijaron en mí y resulté electo
por unanimidad de sus sufragios. En principios de 1846 fue disuelta la
asamblea departamental a consecuencia de la sedición militar acaudillada
por el general Paredes, que teniendo orden del presidente don José
Joaquín de Herrera para marchar a la frontera amagada por el ejército
americano, se pronunció en la hacienda del Peñasco del estado de San
Luis Potosí y contramarchó para la capital de la república a posesionarse
del gobierno, como lo hizo, entregándose completamente a la dirección
del partido monárquico conservador. El partido liberal no se dio por
vencido. Auxiliado por el partido santannista trabajó activamente hasta
que logró destruir la administración retrógrada de Paredes, encargándose
provisionalmente de la presidencia de la república el general don
Mariano Salas.


sábado, 19 de enero de 2013

Apuntes para mis hijos VIII

Me hallaba yo entonces, a fines de 1834, sustituyendo la
cátedra de derecho canónico en el Instituto y no pudiendo ver con
indiferencia la injusticia que se cometía contra mis infelices clientes, pedí
permiso al director para ausentarme unos días y marché para el pueblo de
Miahuatlán, donde se hallaban los presos, con el objeto de obtener su
libertad. Luego que llegué a dicho pueblo me presenté al juez don
Manuel María Feraud, quien me recibió bien y me permitió hablar con
los presos. Enseguida le supliqué me informase el estado que tenía la
causa de los supuestos reos y del motivo de su prisión, me contestó que
nada podía decirme porque la causa era reservada; le insté que me leyese
el auto de bien preso, que no era reservado y que debía haberme proveído
ya por haber transcurrido el término que la ley exigía para dictarse.

Tampoco accedió a mi pedido, lo que me obligó ya a indicarle que
presentaría un ocurso al día siguiente para que se sirviese darme su
respuesta por escrito a fin de promover después lo que a la defensa de
mis patrocinados conviniere en justicia. El día siguiente presenté mi
ocurso, como lo había ofrecido, pero ya el juez estaba enteramente
cambiado, me recibió con suma seriedad y me exigió el poder con que yo
gestionaba por los reos; y habiendo contestado que siendo abogado
conocido y hablando en defensa de reos pobres no necesitaba yo de poder
en forma, me previno que me abstuviese de hablar y que volviese a la
tarde para rendir mi declaración preparatoria en la causa que me iba a
abrir para juzgarme como vago.

Como el cura estaba ya en el pueblo y el
prefecto obraba por su influencia, temí mayores tropelías y regresé a la
ciudad con la resolución de acusar al juez ante la Corte de Justicia, como
lo hice; pero no se me atendió porque en aquel tribunal estaba también
representado el clero. Quedaban pues cerradas las puertas de la justicia
para aquellos que gemían en la prisión, sin haber cometido ningún delito,
y sólo por haberse quejado por las vejaciones de un cura. Implacable éste
en sus venganzas, como los son generalmente los sectarios de alguna
religión, no se conformó con los triunfos que obtuvo en los tribunales,
sino que quiso perseguirme y humillarme de un modo directo, y para

conseguirlo hizo firmar al juez Feraud un exhorto que remitió al juez de
la capital, para que procediese a mi aprehensión y me remitiera con
segura custodia al pueblo de Miahuatlán, expresando por única causa de
este procedimiento, que estaba yo en el pueblo de Loxicha sublevando a
los vecinos contra las autoridades ¡y estaba yo en la ciudad, distante
cincuenta leguas del pueblo de Loxicha, donde jamás había ido!

El juez de la capital, que obraba también de acuerdo con el cura,
no obstante de que el exhorto no estaba requisitado conforme a las leyes,
pasó a mi casa a la medianoche y me condujo a la cárcel sin darme más
razón que la de que tenía orden de mandarme preso a Miahuatlán.
También fue conducido a la prisión el licenciado don José Inés Sandoval,
a quien los presos habían solicitado para que los defendiese.
Era tan notoria la falsedad del delito que se me imputaba y tan
clara la injusticia que se ejercía contra mí, que creí como cosa segura que
el tribunal superior, a quien ocurrí quejándome de tan infame tropelía, me
mandaría inmediatamente poner en libertad; pero me equivoqué, pues
hasta al cabo de nueve días se me excarceló bajo de fianza, y jamás se dio
curso a mis quejas y acusaciones contra los jueces que me habían
atropellado.



Apuntes para mis hijos VII


Revocada la orden de mi confinamiento volví a Oaxaca y me
dediqué al ejercicio de mi profesión. Se hallaba todavía el clero en pleno
goce de sus fueros y prerrogativas y su alianza estrecha con el poder civil
le daba una influencia casi omnipotente. El fuero que lo sustraía de la
jurisdicción de los tribunales comunes le servía de escudo contra la ley y
de salvoconducto para entregarse impunemente a todos los excesos y a
todas las injusticias. Los aranceles de los derechos parroquiales eran letra
muerta.

El pago de las obvenciones se regulaba según la voluntad
codiciosa de los curas. Había sin embargo algunos eclesiásticos probos y
honrados que se limitaban a cobrar lo justo y sin sacrificar a los fieles;
pero eran muy raros estos hombres verdaderamente evangélicos, cuyo
ejemplo lejos de retraer de sus abusos a los malos era motivo para que los
censurasen diciéndoles que "mal enseñaban a los pueblos y echaban a
perder los curatos". Entretanto, los ciudadanos gemían en la opresión y
en la miseria, porque el fruto de su trabajo, su tiempo y su servicio
personal todo, estaba consagrado a satisfacer la insaciable codicia de sus
llamados pastores. Si ocurrían a pedir justicia muy raras veces se les oía
y comúnmente recibían por única contestación el desprecio o la prisión.
Yo he sido testigo y víctima de una de estas injusticias.


Los vecinos del pueblo de Loxicha ocurrieron a mí para que elevase sus quejas e hiciese
valer sus derechos ante el tribunal eclesiástico contra su cura que les
exigía las obvenciones y servicios personales sin sujetarse a los
aranceles. Convencido de la injusticia de sus quejas por la relación que
de ellas me hicieron y por los documentos que me mostraron, me
presenté al tribunal o provisorato, como se le llamaba. Sin duda, por mi
carácter de diputado y porque entonces regía en el estado una
administración liberal, pues esto pasaba a principios del año de 1834, fue
atendida mi solicitud y se dio orden al cura para que se presentara a
contestar los cargos que se le hacían, previniéndosele que no volviera a la
parroquia hasta que no terminase el juicio que contra él se promovía;
pero desgraciadamente a los pocos meses cayó aquella administración,
como he dicho antes, y el clero, que había trabajado por el cambio,
volvió con más audacia y sin menos miramientos a la sociedad y a su
propio decoro, a ejercer su funesta influencia en favor de sus intereses
bastardos.

El juez eclesiástico, sin que terminara el juicio que yo había
promovido contra el cura de Loxicha, sin respetar sus propias decisiones
y sin audiencia de los quejosos, dispuso de plano que el acusado volviera
a su curato. Luego que aquel llegó al pueblo de Loxicha mandó prender a
todos los que habían representado contra él y de acuerdo con el prefecto
y con el juez del partido, los puso en la cárcel con prohibición de que
hablarán con nadie. Obtuvo órdenes de las autoridades de la capital para

que fuesen aprehendidos y reducidos a prisión los vecinos del citado
pueblo que fueron a la ciudad a verme, o a buscar otro abogado que los
patrocinase.


















"Apuntes para mis hijos" Tomo 1.




sábado, 5 de enero de 2013

Apuntes para mis hijos VI

En el año de 1832 se inició una revolución contra la administración
del presidente de la república don Anastasio Bustamante, que cayó a
fines del mismo año con el partido escocés que lo sostenía. En principios
de 1833 fui electo diputado al Congreso del estado.

Con motivo de la Ley de Expulsión de Españoles dada por el Congreso
general, el obispo de Oaxaca, don Manuel Isidoro Pérez, no obstante de
que estaba exceptuado de esta pena, rehusó continuar en su diócesis y se
fue para España. Como no quedaba ya ningún obispo en la república,
porque los pocos que había se habían marchado también al extranjero,
no era fácil recibir las órdenes sagradas y sólo podían conseguirse yendo
a La Habana o a Nueva Orleáns, para lo que era indispensable contar
con recursos suficientes de que yo carecía. Esta circunstancia fue para
mí sumamente favorable, porque mi padrino conociendo mi imposibilidad
para ordenarme sacerdote me permitió que siguiera la carrera del foro.

Desde entonces seguí ya subsistiendo con mis propios recursos.
En el mismo año fui nombrado ayudante del comandante general
don Isidro Reyes, que defendió la plaza contra las fuerzas del general
Canalizo, pronunciado por el Plan de Religión y Fueros, iniciado por el
coronel don Ignacio Escalada en Morelia. Desde esa época el partido
clérico-militar se lanzó descaradamente a sostener a mano armada y por
medio de los motines, sus fueros, sus abusos y todas sus pretensiones
antisociales. Lo que dio pretexto a este motín de las clases privilegiadas
fue el primer paso que el partido liberal dio entonces en el camino de la
reforma, derogando las leyes injustas que imponían coacción civil para el
cumplimiento de los votos monásticos y para el pago de los diezmos.

 En enero de 1834 me presenté a examen de jurisprudencia práctica
ante la Corte de Justicia del estado y fui aprobado expidiéndoseme el
título de abogado. A los pocos días la legislatura me nombró magistrado
interino de la misma Corte de Justicia, cuyo encargo desempeñé poco
tiempo. Aunque el pronunciamiento de Escalada secundado por Arista,
Durán y Canalizo fue sofocado en el año anterior, sus promovedores
siguieron trabajando y al fin lograron en este año destruir la
administración de don Valentín Gómez Farías, a lo que contribuyeron
muchos de los mismos partidarios de aquella administración, porque
comprendiendo mal los principios de libertad, como dije antes,
marchaban sin brújula y eran conducidos fácilmente al rumbo que los
empujaban sus ambiciones, sus intereses o sus rencores. Cayó por
consiguiente la administración pública de Oaxaca en que yo servía y fui
confinado a la ciudad de Tehuacán, sin otro motivo que el de haber
servido con honradez y lealtad en los puestos que se me encomendaron.


"Apuntes para mis hijos"  Tomo 1 capítulo I.




domingo, 23 de diciembre de 2012

Apuntes para mis hijos V

El partido republicano adoptó después la denominación de el
partido yorkino, y desde entonces comenzó una lucha encarnizada y
constante entre el partido escocés que defendía el pasado con todos sus
abusos, y el partido yorkino, que quería la libertad y el progreso; pero
desgraciadamente el segundo luchaba casi siempre con desventaja porque
no habiéndose generalizado la ilustración en aquellos días, sus corifeos,
con muy pocas y honrosas excepciones carecían de fe en el triunfo de los
principios que proclamaban, porque comprendían mal la libertad y el
progreso y abandonaban con facilidad sus filas pasándose al bando
contrario, con lo que desconcertaban los trabajos de sus antiguos
correligionarios, les causaban su derrota y retardaban el triunfo de la
libertad y del progreso. Esto pasaba en lo general a la república en el año
de 1827.

 En lo particular del estado de Oaxaca, donde yo vivía, se
verificaban también aunque en pequeña escala, algunos sucesos análogos
a los generales de la nación. Se reunió un Congreso constituyente que dio
la Constitución del estado. Los partidos liberal y retrógrado tomaron sus
denominaciones particulares llamándose "vinagre" el primero y "aceite"
el segundo. Ambos trabajaron activamente en las elecciones que se
hicieron de diputados y senadores para el primer Congreso
constitucional. El partido liberal triunfó sacando una mayoría de
diputados y senadores liberales, a lo que se debió que el Congreso diera
algunas leyes que favorecían la libertad y progreso de aquella sociedad,
que estaba enteramente dominada por la ignorancia, el fanatismo
religioso y las preocupaciones.

La medida más importante por sus
trascendencias saludables y que hará siempre honor a los miembros de
aquel Congreso fue el establecimiento de un colegio civil que se
denominó Instituto de Ciencias y Artes, independiente de la tutela del
clero y destinado para la enseñanza de la juventud en varios ramos del
saber humano, que era muy difícil aprender en aquel estado donde no
había más establecimiento literario que el Colegio Seminario Conciliar,
en que se enseñaba únicamente gramática latina, filosofía, física
elemental y teología; de manera que para seguir otra carrera que no fuese
la eclesiástica, o para perfeccionarse en algún arte u oficio, era preciso
poseer un caudal suficiente para ir a la capital de la nación o a algún país
extranjero para instruirse o perfeccionarse en la ciencia o arte a que uno
quisiera dedicarse. Para los pobres como yo era perdida toda la
esperanza.

Al abrirse el Instituto en el citado año de 1827, el doctor don José
Juan Canseco, uno de los autores de la ley que creó el establecimiento,
pronunció el discurso de apertura, demostrando las ventajas de la
instrucción de la juventud y la facilidad con que ésta podría desde
entonces abrazar la profesión literaria que quisiera elegir. Desde aquel
día muchos estudiantes del Seminario se pasaron al Instituto. Sea por este
ejemplo, sea por curiosidad, sea por la impresión que hizo en mí el
discurso del doctor Canseco, sea por el fastidio que me causaba el estudio
de la teología por lo incomprensible de sus principios, o sea por mi
natural deseo de seguir otra carrera distinta de la eclesiástica, lo cierto es
que ya no cursaba a gusto la cátedra de teología, a que había pasado
después de haber concluido el curso de filosofía. Luego que sufrí el
examen de estatuto me despedí de mi maestro, que lo era el canónigo don
Luis Morales, y me pasé al Instituto a estudiar jurisprudencia en agosto
de 1828.

El director y catedráticos de este nuevo establecimiento eran todos
del partido liberal y tomaban parte, como era natural, en todas las
cuestiones políticas que se suscitaban en el estado. Por esto, y por lo que
es más cierto, porque el clero conoció que aquel nuevo plantel de
educación, donde no se ponían trabas a la inteligencia para descubrir la
verdad, sería en lo sucesivo, como lo ha sido en efecto, la ruina de su
poder basado sobre el error y las preocupaciones, le declaró una guerra
sistemática y cruel, valiéndose de la influencia muy poderosa que
entonces ejercía sobre la autoridad civil, sobre las familias y sobre toda la
sociedad. Llamaban al Instituto "casa de prostitución", y a los
catedráticos y discípulos, "herejes" y "libertinos".

Los padres de familia rehusaban mandar a sus hijos a aquel
establecimiento y los pocos alumnos que concurríamos a las cátedras
éramos mal vistos y excomulgados por la inmensa mayoría ignorante y
fanática de aquella desgraciada sociedad. Muchos de mis compañeros
desertaron, espantados del poderoso enemigo que nos perseguía. Unos
cuantos nomás quedamos sosteniendo aquella casa con nuestra diaria
concurrencia a las cátedras.

En 1829 se anunció una próxima invasión de los españoles por el
Istmo de Tehuantepec, y todos los estudiantes del Instituto ocurrimos a
alistarnos en la milicia cívica, habiéndoseme nombrado teniente de una
de las compañías que se organizaron para defender la independencia
nacional. En 1830 me encargué, en clase de sustituto, de la cátedra de
física con una dotación de 30 pesos con los que tuve para auxiliarme en
mis gastos. En 1831 concluí mi curso de jurisprudencia y pasé a la
práctica al bufete del licenciado don Tiburcio Cañas. En el mismo año fui
nombrado regidor del ayuntamiento de la capital por elección popular y
presidí el acto de física que mi discípulo don Francisco Rincón dedicó al
cuerpo académico del Colegio Seminario.

"Apuntes para mis hijos"  Tomo 1, capítulo 1.




sábado, 22 de diciembre de 2012

Apuntes para mis hijos IV

En el año de 1827 concluí el curso de artes habiendo sostenido en
público dos actos que se me señalaron y sufrido los exámenes de
reglamento con las calificaciones de Excelente nemine discrepante, y con
algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales.

En este mismo año se abrió el curso de teología y pasé a estudiar
este ramo, como parte esencial de la carrera o profesión a que mi padrino
quería destinarme, y acaso fue esta la razón que tuvo para no instarme ya
a que me ordenara prontamente.

En esta época se habían ya realizado grandes acontecimientos en la
Nación. La guerra de independencia iniciada en el pueblo de Dolores en
la noche del 15 de septiembre de 1810 por el venerable cura don Miguel
Hidalgo y Costilla con unos cuantos indígenas armados de escopetas,
lanzas y palos, y conservada en las montañas del Sur por el ilustre
ciudadano Vicente Guerrero, llegó a terminarse con el triunfo definitivo
del ejército independiente, que acaudillado por los generales Iturbide,
Guerrero, Bravo, Bustamante y otros jefes, ocupó la capital del antiguo
virreinato el día 27 de septiembre de 1821. Iturbide, abusando de la
confianza que sólo por amor a la patria le habían dispensado los jefes del
ejército cediéndole el mando, y creyendo que a él solo se debía el triunfo
de la causa nacional, se declaró emperador de México contra la opinión
del partido republicano y con disgusto del partido monarquista que
deseaba sentar en el trono de Moctezuma a un príncipe de la casa de
Borbón, conforme a los Tratados de Córdoba que el mismo Iturbide
había aprobado y que después fueron nulificados por la nación.

De pronto, el silencio de estos partidos, mientras organizaban sus
trabajos y combinaban sus elementos, y el entusiasmo del vulgo, que
raras veces examina a fondo los acontecimientos y sus causas y siempre
admira y alaba todo lo que para él es nuevo y extraordinario, dieron una
apariencia de aceptación general al nuevo imperio, que en verdad sólo
Iturbide sostenía. Así se explica la casi instantánea sublevación que a los
pocos meses se verificó contra él proclamándose la república y que lo
obligó a abdicar, saliendo enseguida fuera del país. Se convocó desde
luego a los pueblos para que eligieran a sus diputados con poderes
amplios para que constituyeran a la nación sobre las bases de
independencia, libertad y república, que se acababan de proclamar;
hechas las elecciones se reunieron los representantes del pueblo en la
capital de la república, y se abrió el debate sobre la forma de gobierno
que debía adoptarse.

Entretanto el desgraciado Iturbide desembarca en Soto la Marina y es
aprehendido y decapitado como perturbador del orden público,
el Congreso sigue sus deliberaciones.

El partido monárquico-conservador, que cooperó a la caída de Iturbide más por odio
a este jefe que por simpatías al partido republicano, estaba ya organizado
bajo la denominación de el partido escocés, y trabajaba en el Congreso
por la centralización del poder y por la subsistencia de las clases
privilegiadas con todos los abusos y preocupaciones que habían sido el
apoyo y la vida del sistema virreinal. Por el contrario, el partido
republicano quería la forma federal y que en la nueva Constitución se
consignasen los principios de libertad y de progreso que hacían próspera
y feliz a la vecina república de los Estados Unidos del Norte. El debate
fue sostenido con calor y obstinación, no sólo en el Congreso sino en el
público y en la prensa naciente de las provincias, y al fin quedaron
victoriosos los republicanos federalistas en cuanto a la forma de
gobierno, pues se desechó la central y se adoptó la de la república
representativa, popular, federal; pero en el fondo de la cuestión ganaron
los centralistas, porque en la nueva Carta se incrustaron la intolerancia
religiosa, los fueros de las clases privilegiadas, la institución de
comandancias generales y otros contraprincipios que nulificaban la
libertad y la federación que se quería establecer.

Fue la Constitución de 1824 una transacción entre el progreso y
el retroceso, que lejos de ser la base de una paz estable y de una
verdadera libertad para la nación, fue el
semillero fecundo y constante de las convulsiones incesantes que ha
sufrido la república y que sufrirá todavía mientras que la sociedad no
recobre su nivel, haciéndose efectiva la igualdad de derechos y
obligaciones entre todos los ciudadanos y entre todos los hombres que
pisen el territorio nacional, sin privilegios, sin fueros, sin monopolios y
sin odiosas distinciones; mientras que no desaparezcan los tratados que
existen entre México y las potencias extranjeras, tratados que son inútiles
una vez que la suprema ley de la república sea el respeto inviolable y
sagrado de los derechos de los hombres y de los pueblos, sean quienes
fueren, con tal de que respeten los derechos de México, a sus autoridades
y a sus leyes; mientras, finalmente, que en la república no haya más que
una sola y única autoridad: la autoridad civil, del modo que lo determine
la voluntad nacional, sin religión de Estado y desapareciendo los poderes
militares y eclesiásticos, como entidades políticas que la fuerza, la
ambición y el abuso han puesto enfrente del poder supremo de la
sociedad, usurpándole sus fueros y prerrogativas y subalternándolo a sus
caprichos.

"Apuntes para mis hijos" Tomo 1, caítulo 1.